Hay un gato, blanco, marrón claro, marrón oscuro, durmiendo en una silla de bambú de la terraza. Bambú del grueso, nada cómodas a la vista, pero suficientes para el gato, que mueve las orejas eléctricamente al roce de las patas de las moscas, o al zumbido de sus alas. Las pocas que la lluvia y el viento han dejado por aquí van todas a él. O a ella. Se revuelve sobre su lomo, se da la vuelta y sigue durmiendo. No hace día para estar por ahí saltando de mesa en mesa, buscando entre la basura de los chiringuitos, compitiendo contra gatos y niños por un pedacito de grasa de cerdo poco hecha que alguno escupió de vuelta al plato. Quizá yo mismo. Cerdo frito con arroz. Cerdo a la plancha con arroz. Piel de cerdo rebozada y frita con arroz. Ternera frita con arroz. Adobo con arroz. Menudos con arroz. Quiero pensar que esta alta variedad de dieta sea culpa del estrato económico en el que comemos los mochileros de pelear centavos, de preguntar en siete puestos de comida callejera antes de volver, evidentemente, al primero. Pero hoy, con Pedro, después del riguroso chequeo de más de media hora en la línea de puestillos y restaurantes de la playa, hemos vuelto, no al sitio más barato, pero si al de mejor relación calidad/cantidad/precio: un buffet libre por 280 pesos filipinos, bebida aparte: una buena inversión, si contamos con el hecho que eran las doce y media; lo que significa desayunar, comer y, si nos aplicábamos a fondo, merendar. Tres en uno.
Y un gato amarillo ha venido a compartir cama y moscas.
Y sigue lloviendo en Boracay. Pedro se está quitando con una ducha los restos pegajosos de las horas que pasamos bailando la noche anterior. Nos conocimos en el barco que cruza de Roxas a Caticlán, camino de Boracay. Cogí ese ferry con una prisa encubierta por la duda del tiempo que tardaría a llegar, empujado por algo que hoy empiezo a comprender y aceptar; ese mismo algo que me tenía más horas de la cuenta en la unidad de veinte metros cuadrados de Jun.
Jun. Lo conocí por internet la misma mañana antes de partir de Darwin hacia Manila. En busca de alojamiento barato, o gratis, y con ganas de conocer gente real, más allá de viajantes, viajeros y backpackers, me alisté en couchsurfing; una web donde gente que viaja se pone en contacto con gente que ofrece un sofá, un suelo, una cama o un café. Ellos, los que nos acogen, que algún día seré yo uno de ellos, picotean migajas de un camino que algún día hicieron, nostálgicos del cambio, de la incertidumbre y la novedad. Nosotros, los que saltamos de nido en nido, esperamos beber de la sabiduría del que se mueve en su terreno, el que conoce ese bar, ese sitio donde debes ir, esa calle donde no debes poner los pies y que, ante el aviso, es lo primero que haces. Y las migajas y el saber se comparten en ese bar, el de las cervezas baratas, el de las mujeres bonitas. Sentado en ese chiringuito con vistas al asfalto, supuse que ese no era el local gay al que me preguntó si me importaba ir después de la peli. Estuvimos en su piso tomando gin-tónics y viendo, premonitoria, The Hangover. Los dos bebimos a gusto el combinado de las primeras canas, de los primeros claros en las sienes. Un gin-tónic está a medio camino entre cualquier cubata y el agua con gas. Te pone, a la vez que el limón y las burbujitas van calmando toda la mierda que has comido de más durante la cena; esa noche, caldereta y arroz blanco cocinada por él, que no era mierda hasta la tercera vez que repetí.
Jun. Se despide amanerado de unos de los dos o tres porteros que se van turnando la puerta, la pantalla con las cámaras de vigilancia y el libro de visitas. Cualquier ligero movimiento afeminado se antoja muy marica en un tipo de metro ochenta, noventa quilos y que roza por abajo la cuarentena. Me cuesta, como con toda otra cultura, descifrar su tono de voz y sus movimientos en las respuestas, en lo que me cuenta. Recibo señales de ese rol de solterona indignada que he sentido en algunos de mis amigos gays cuando se acercan a esa edad que uno, sin quererlo, siente que debería estar formando algo denso, con pilares y contrafuertes; nostálgicos de algo parecido a una familia. Y lo piensan mirando por la ventana, fumando con un gesto ofendido en la muñeca que sujeta el piti, y sacuden la cabeza como un perro mojado, salpicando pedazos de ese cuadro costumbrista por toda la habitación. Chorrean por las paredes gotas de algo a lo que renunciaron sin saber como dejar de desearlo, como extirparlo de su relicario de promesas clásicas de felicidad.
Jun. Ya con las seis cervezas sobre la mesa -un bucket por 200 pesos- busco picotear detalles sobre esas llamadas que no dejan de sonar en casa. Su horario de oficina es inglés, o sea, acorde con el horario de oficina del Reino Unido, lo que en Manila se traduce en trabajar de tres de la tarde a doce de la noche. “Pero lo de casa lo hago gratis; como paso mucho tiempo ahí, lo dejo encendido”, dice dando la primera cucharada al plato de trocitos de piel de cerdo salteada con verduritas. Con esas horas extras de regalo, busca, especulo que busca, el ascenso a ese puesto que, por encima de él, se cobra una miseria menos miseria que la suya.
Jun. Durante esos días lo veo en plena acción. A media peli, preparando la cena o pasando el rato en el ordenador, con el feisbuc o rellenando informes. Suena el teléfono. Se levanta de la cama él, sus calzoncillos, su camiseta de tirantes de andar por casa. Se sienta ante el pequeño escritorio; mesita superior con pantalla y teclado, estante medio con tres teléfonos, estante inferior con el cuerpo y un portátil. No cabe nada más. Rueditas al final de los montantes tubulares de aluminio. Y la voz de otro hombre, un hombre serio, sombra de La Caverna, habla por la boca de Jun: “Good eveni… Good afternoon. Thank you to call XXX… No recuerdo el nombre de la empresa por la que contesta las llamadas; solo sé que en el otro lado del cable, un cable muy, muy largo, hasta Inglaterra, alguien, por ejemplo, no ha recibido el par de gafas extra que encargó con la pantalla de plasma de tres dimensiones. Efectivamente, están en la factura del pedido hecho por internet. “Comunico la incidencia y las recibirá en menos de una semana”.
Jun. Durante la última cerveza pide más hielo y se pone celestino con la camarera que sé que no deja de mirarme porque no la dejo de mirar. Dudoso por esa cortina cultural, le pregunto como funciona aquí el cortejo, el partido de miradas, a lo que responde pidiendo, además de ese hielo, su número de teléfono, que ella apunta, sin vacilar ni dejar de sonreír, en una servilleta. Me cuenta que sale a las nueve de la mañana, de nueve a nueve, después de los desayunos, y alentado por la idea que la noche será larga, me propongo regresar para cuando haya vuelto a salir el sol. Pero la noche se tuerce torciendo la esquina de su calle en un repentino cambio de dirección. Pasan pocos minutos de la media noche y Jun ha decidido que es momento de volver y ver The Hangover II. Solo llevo un día en Manila y ni sereno sería capaz de llegar a casa, así que, con la cabeza inundada de alcohol, lo sigo hasta caer fulminado en mi sofá de sesenta por metro y medio.
Jun. Para entonces llevaba solo seis meses viviendo en Malate, uno de los distritos rojos de Manila, y eso nos pasó factura. Eso y sus cada día más próximos cuarenta. Sin conocer a casi nadie en el barrio, currando todo el día… o currando todo el día, sin conocer a casi nadie en el barrio. Pocas ganas de fiesta. Se abrazó al cojín y puso la maldita película. Y pasamos el domingo viendo a una pandilla sobreviviendo en un par de playas de Panamá hasta que solo quedó una. Toda la temporada. Él abrazado a su cojín. Yo meciendo mi resaca. Solo salí a la calle a primera hora de la mañana, empujado por el hambre, el dolor de cabeza y la curiosidad de ver si hacían desayunos en ese chiringuito de acera. Y, efectivamente, no supe llegar al sitio, con el que di cuando ya lo daba y me daba por perdido entre chabolas y rascacielos. No llegué a distinguir a la camarera en el grupo que languidecía en una mesa oscura, al fondo del local, bajo las cañas y hojas de palmeras que pretendían, ayudadas por el alcohol, llevarte muy lejos de los veintinueve coches, doce jeepnes y ochenta y dos taxi-bici con sidecar que podían llegar a cruzar en tan solo un minuto, esquivando vendedores de tabaco, de viagra, de frutos secos, de relojes, putas y niños de mocos secos, descalzos, sucios, despeinados, desnutridos, buscando, pidiendo, peleando algo que echarse a la boca. Y nosotros, esa noche, les dimos cacahuetes.
Era lunes cuando volví a la calle. Fresco, renovado, duchado y sudando a los dos minutos. Las calles, próximas en el mapa regalado en el aeropuerto, se me hacían eternas, una lucha constante contra la distancia, el tráfico, la gente. Sigo siendo el mismo que cuando vivía en Barcelona respiraba tranquilo al sacar la cabeza fuera de la estación de metro de mi pueblo de adopción, en la frontera de la ruidosa ciudad; el que hundía los pies en la arena de invierno de la playa con no más de doce almas, cerca de casa, o cerca de las nubes, arriba, con nada: bosque, dos amigos y nada. Amor y odio entre yo y los valles de cemento; mejor amantes, vernos a ratos, quizás exprimir juntos unas tremendas horas de éxtasis que me dejen exhausto, listo, para no verte en unos días. Amarte hasta doler para querer olvidarte y echarte otra vez de menos.
Encuentro islas donde secar mis ropas; sitios donde nunca pondría un pie más que por necesidad vital, como, parece ser, de la que ahora se trata. Y me escondo, tal cual, me escondo en un muy gran centro comercial del hervor de carne y metal de las calles. Paseo en una agradable atmósfera de temperatura controlada, con hilo musical aplacando el constante ronroneo de los miles de personas que laten en este hormiguero colosal. Túneles, escaleras mecánicas, fritanga mezclada con perfumes. Siempre he huido de lo que hoy me refugia, por conocido, por ser un no lugar de esos que, estés donde estés, te cubre con la manta de la cuotidianedad. Y, como en casa, me sigo perdiendo entre pasillos y pisos y termino en el último de todos. Allí siento como al ritmo de dos mil músicas se abre una puerta ya olvidada: la zona de videojuegos. Más de un centenar de máquinas que, calculo, al cambio de moneda saldrán muy jugosas. Y acierto y compro una tarjeta con el saldo mínimo, cien pesos, que recibo con agua en el paladar de la nostalgia al ver la enésima versión del Time Crisis, ese juego que tanto me gustaba y maldecía fuera tan caro. Y otro de francotirador… Y como el perro que persigue un coche, cuando lo alcanzo, no le veo el chiste y termino por dejar en el mostrador la tarjeta con saldo para cuatro o cinco partidas más. Disparé, maté, me mataron y enterraron el cadáver de la ilusión por esos trastos, algo que, sin darme cuenta, había colocado en el olimpo de mis mitologías personales. Y paseé entre maquinas, niños y no tan niños, saboreando ese desazón amargo del que ve de nuevo esa serie, esos dibujos que, de pequeño, le hacían madrugar sábado y domingo para amorrarse al televisor.
Y del cielo al primer piso, al gran hall. De los mitos enmohecidos a los que nunca llegaron a calar. Cuatro bonitas chicas encorsetadas en minivestidos sonríen frente uno de la veintena de coches que llenan la plaza interior. Posan mientras tres o cuatro decenas de sujetos, mayormente machos, armados con cámaras y móviles, guardan un pedacito de esas diosas del humo; fotos como reliquia, clavos de la cruz a la que no se ven sujetos, pedacitos de un sudario que nunca existió y que jamás llegarán a quitar.
Y dejó de llover. Y volvió a llover. Y paró. Y se hundió el cielo unas cuantas veces. Ni Pedro ni yo llegamos a imaginar que la temporada baja fuera tan baja.
Pedro. Me miró con el mismo interés que le miré yo; ninguno más allá del saber que había a bordo otro posible macho alfa. O beta. Cruzamos las miradas a lo lejos, sin ningún saludo, y entró a la zona de butacas del ferry, donde el “I will always love you” y perlas similares puestas a todo volumen lo hizo salir, como a mi, al cabo de pocos minutos. Se trataba de un concierto especial de san Valentín de alguna triunfante de alguna operación triunfo. Esos berridos y un par de holandesas que no daban mucha bola a nadie nos llevaron a compartir las cuatro horas de barco hasta Caticlán. Nos alegramos de encontrar alguien que entendiera de lo que hablábamos, más allá de entender lo que decíamos. Paseamos rápido por esos parajes llenos de de-donde-vieneses y hacia-donde-vases, cansados, por lo menos por mi parte, de decenas de cosechas de parecidas preguntas, dispares respuestas e identicas explicaciones, las mías, repetidas hasta aburrirme a mi mismo. Cuando llegamos a Caticlán, ya habíamos empezado a desgranar detalles de nuestras historias, más allá de esos titulares habituales. Una barca parecida a esos bichos pequeños que flotan en el agua nos llevó, junto a una veintena de pasajeros más, a Boracay. No parecía muy segura, y hacernos vestir con el chaleco salvavidas al subir no ayudó a aplacar la sensación de tener que echarnos a nadar en cualquier momento. En diez minutos ya estábamos subidos al sidecar de una moto-taxi, preparados para búsqueda de un lugar donde dormir. Sin saber exactamente como, nos habíamos convertido en compañeros de viaje por un tiempo aun indefinido. Quizás no eramos la pieza perfecta para el puzzle de playas blancas, palmeras, selvas, noches calurosas… No, si hubieramos podido escoger, seguramente nuestro acompañante ideal hubiera tenido bastante menos pelo en el pecho, pero las cosas vienen, no las puedes ir a buscar; caen del cielo y punto. Como la lluvia, que cae, que no la puedes ir a buscar, y no la puedes parar, por mucho que levantes las palmas hacia el cielo… i mira… sabeu què? m’he cansat d’aquest rollo. Si escribís a paper i boli, segurament ja hauria llençat a la papelera aquesta colla de fulles… que ja sóc a bangkok i encara languideja lletra a lletra boracay… que ara ja farà cosa d’un mes! Millor ho deixo aquí i ja continuaré.
una abraçada.
joan




