punto pelota

Hay un gato, blanco, marrón claro, marrón oscuro, durmiendo en una silla de bambú de la terraza. Bambú del grueso, nada cómodas a la vista, pero suficientes para el gato, que mueve las orejas eléctricamente al roce de las patas de las moscas, o al zumbido de sus alas. Las pocas que la lluvia y el viento han dejado por aquí van todas a él. O a ella. Se revuelve sobre su lomo, se da la vuelta y sigue durmiendo. No hace día para estar por ahí saltando de mesa en mesa, buscando entre la basura de los chiringuitos, compitiendo contra gatos y niños por un pedacito de grasa de cerdo poco hecha que alguno escupió de vuelta al plato. Quizá yo mismo. Cerdo frito con arroz. Cerdo a la plancha con arroz. Piel de cerdo rebozada y frita con arroz. Ternera frita con arroz. Adobo con arroz. Menudos con arroz. Quiero pensar que esta alta variedad de dieta sea culpa del estrato económico en el que comemos los mochileros de pelear centavos, de preguntar en siete puestos de comida callejera antes de volver, evidentemente, al primero. Pero hoy, con Pedro, después del riguroso chequeo de más de media hora en la línea de puestillos y restaurantes de la playa, hemos vuelto, no al sitio más barato, pero si al de mejor relación calidad/cantidad/precio: un buffet libre por 280 pesos filipinos, bebida aparte: una buena inversión, si contamos con el hecho que eran las doce y media; lo que significa desayunar, comer y, si nos aplicábamos a fondo, merendar. Tres en uno.

Y un gato amarillo ha venido a compartir cama y moscas.

Y sigue lloviendo en Boracay. Pedro se está quitando con una ducha los restos pegajosos de las horas que pasamos bailando la noche anterior. Nos conocimos en el barco que cruza de Roxas a Caticlán, camino de Boracay. Cogí ese ferry con una prisa encubierta por la duda del tiempo que tardaría a llegar, empujado por algo que hoy empiezo a comprender y aceptar; ese mismo algo que me tenía más horas de la cuenta en la unidad de veinte metros cuadrados de Jun.

Jun. Lo conocí por internet la misma mañana antes de partir de Darwin hacia Manila. En busca de alojamiento barato, o gratis, y con ganas de conocer gente real, más allá de viajantes, viajeros y backpackers, me alisté en couchsurfing; una web donde gente que viaja se pone en contacto con gente que ofrece un sofá, un suelo, una cama o un café. Ellos, los que nos acogen, que algún día seré yo uno de ellos, picotean migajas de un camino que algún día hicieron, nostálgicos del cambio, de la incertidumbre y la novedad. Nosotros, los que saltamos de nido en nido, esperamos beber de la sabiduría del que se mueve en su terreno, el que conoce ese bar, ese sitio donde debes ir, esa calle donde no debes poner los pies y que, ante el aviso, es lo primero que haces. Y las migajas y el saber se comparten en ese bar, el de las cervezas baratas, el de las mujeres bonitas. Sentado en ese chiringuito con vistas al asfalto, supuse que ese no era el local gay al que me preguntó si me importaba ir después de la peli. Estuvimos en su piso tomando gin-tónics y viendo, premonitoria, The Hangover. Los dos bebimos a gusto el combinado de las primeras canas, de los primeros claros en las sienes. Un gin-tónic está a medio camino entre cualquier cubata y el agua con gas. Te pone, a la vez que el limón y las burbujitas van calmando toda la mierda que has comido de más durante la cena; esa noche, caldereta y arroz blanco cocinada por él, que no era mierda hasta la tercera vez que repetí.

Jun. Se despide amanerado de unos de los dos o tres porteros que se van turnando la puerta, la pantalla con las cámaras de vigilancia y el libro de visitas. Cualquier ligero movimiento afeminado se antoja muy marica en un tipo de metro ochenta, noventa quilos y que roza por abajo la cuarentena. Me cuesta, como con toda otra cultura, descifrar su tono de voz y sus movimientos en las respuestas, en lo que me cuenta. Recibo señales de ese rol de solterona indignada que he sentido en algunos de mis amigos gays cuando se acercan a esa edad que uno, sin quererlo, siente que debería estar formando algo denso, con pilares y contrafuertes; nostálgicos de algo parecido a una familia. Y lo piensan mirando por la ventana, fumando con un gesto ofendido en la muñeca que sujeta el piti, y sacuden la cabeza como un perro mojado, salpicando pedazos de ese cuadro costumbrista por toda la habitación. Chorrean por las paredes gotas de algo a lo que renunciaron sin saber como dejar de desearlo, como extirparlo de su relicario de promesas clásicas de felicidad.

Jun. Ya con las seis cervezas sobre la mesa -un bucket por 200 pesos- busco picotear detalles sobre esas llamadas que no dejan de sonar en casa. Su horario de oficina es inglés, o sea, acorde con el horario de oficina del Reino Unido, lo que en Manila se traduce en trabajar de tres de la tarde a doce de la noche. “Pero lo de casa lo hago gratis; como paso mucho tiempo ahí, lo dejo encendido”, dice dando la primera cucharada al plato de trocitos de piel de cerdo salteada con verduritas. Con esas horas extras de regalo, busca, especulo que busca, el ascenso a ese puesto que, por encima de él, se cobra una miseria menos miseria que la suya.

Jun. Durante esos días lo veo en plena acción. A media peli, preparando la cena o pasando el rato en el ordenador, con el feisbuc o rellenando informes. Suena el teléfono. Se levanta de la cama él, sus calzoncillos, su camiseta de tirantes de andar por casa. Se sienta ante el pequeño escritorio; mesita superior con pantalla y teclado, estante medio con tres teléfonos, estante inferior con el cuerpo y un portátil. No cabe nada más. Rueditas al final de los montantes tubulares de aluminio. Y la voz de otro hombre, un hombre serio, sombra de La Caverna, habla por la boca de Jun: “Good eveni… Good afternoon. Thank you to call XXX… No recuerdo el nombre de la empresa por la que contesta las llamadas; solo sé que en el otro lado del cable, un cable muy, muy largo, hasta Inglaterra, alguien, por ejemplo, no ha recibido el par de gafas extra que encargó con la pantalla de plasma de tres dimensiones. Efectivamente, están en la factura del pedido hecho por internet. “Comunico la incidencia y las recibirá en menos de una semana”.

Jun. Durante la última cerveza pide más hielo y se pone celestino con la camarera que sé que no deja de mirarme porque no la dejo de mirar. Dudoso por esa cortina cultural, le pregunto como funciona aquí el cortejo, el partido de miradas, a lo que responde pidiendo, además de ese hielo, su número de teléfono, que ella apunta, sin vacilar ni dejar de sonreír, en una servilleta. Me cuenta que sale a las nueve de la mañana, de nueve a nueve, después de los desayunos, y alentado por la idea que la noche será larga, me propongo regresar para cuando haya vuelto a salir el sol. Pero la noche se tuerce torciendo la esquina de su calle en un repentino cambio de dirección. Pasan pocos minutos de la media noche y Jun ha decidido que es momento de volver y ver The Hangover II. Solo llevo un día en Manila y ni sereno sería capaz de llegar a casa, así que, con la cabeza inundada de alcohol, lo sigo hasta caer fulminado en mi sofá de sesenta por metro y medio.

Jun. Para entonces llevaba solo seis meses viviendo en Malate, uno de los distritos rojos de Manila, y eso nos pasó factura. Eso y sus cada día más próximos cuarenta. Sin conocer a casi nadie en el barrio, currando todo el día… o currando todo el día, sin conocer a casi nadie en el barrio. Pocas ganas de fiesta. Se abrazó al cojín y puso la maldita película. Y pasamos el domingo viendo a una pandilla sobreviviendo en un par de playas de Panamá hasta que solo quedó una. Toda la temporada. Él abrazado a su cojín. Yo meciendo mi resaca. Solo salí a la calle a primera hora de la mañana, empujado por el hambre, el dolor de cabeza y la curiosidad de ver si hacían desayunos en ese chiringuito de acera. Y, efectivamente, no supe llegar al sitio, con el que di cuando ya lo daba y me daba por perdido entre chabolas y rascacielos. No llegué a distinguir a la camarera en el grupo que languidecía en una mesa oscura, al fondo del local, bajo las cañas y hojas de palmeras que pretendían, ayudadas por el alcohol, llevarte muy lejos de los veintinueve coches, doce jeepnes y ochenta y dos taxi-bici con sidecar que podían llegar a cruzar en tan solo un minuto, esquivando vendedores de tabaco, de viagra, de frutos secos, de relojes, putas y niños de mocos secos, descalzos, sucios, despeinados, desnutridos, buscando, pidiendo, peleando algo que echarse a la boca. Y nosotros, esa noche, les dimos cacahuetes.

Era lunes cuando volví a la calle. Fresco, renovado, duchado y sudando a los dos minutos. Las calles, próximas en el mapa regalado en el aeropuerto, se me hacían eternas, una lucha constante contra la distancia, el tráfico, la gente. Sigo siendo el mismo que cuando vivía en Barcelona respiraba tranquilo al sacar la cabeza fuera de la estación de metro de mi pueblo de adopción, en la frontera de la ruidosa ciudad; el que hundía los pies en la arena de invierno de la playa con no más de doce almas, cerca de casa, o cerca de las nubes, arriba, con nada: bosque, dos amigos y nada. Amor y odio entre yo y los valles de cemento; mejor amantes, vernos a ratos, quizás exprimir juntos unas tremendas horas de éxtasis que me dejen exhausto, listo, para no verte en unos días. Amarte hasta doler para querer olvidarte y echarte otra vez de menos.

Encuentro islas donde secar mis ropas; sitios donde nunca pondría un pie más que por necesidad vital, como, parece ser, de la que ahora se trata. Y me escondo, tal cual, me escondo en un muy gran centro comercial del hervor de carne y metal de las calles. Paseo en una agradable atmósfera de temperatura controlada, con hilo musical aplacando el constante ronroneo de los miles de personas que laten en este hormiguero colosal. Túneles, escaleras mecánicas, fritanga mezclada con perfumes. Siempre he huido de lo que hoy me refugia, por conocido, por ser un no lugar de esos que, estés donde estés, te cubre con la manta de la cuotidianedad. Y, como en casa, me sigo perdiendo entre pasillos y pisos y termino en el último de todos. Allí siento como al ritmo de dos mil músicas se abre una puerta ya olvidada: la zona de videojuegos. Más de un centenar de máquinas que, calculo, al cambio de moneda saldrán muy jugosas. Y acierto y compro una tarjeta con el saldo mínimo, cien pesos, que recibo con agua en el paladar de la nostalgia al ver la enésima versión del Time Crisis, ese juego que tanto me gustaba y maldecía fuera tan caro. Y otro de francotirador… Y como el perro que persigue un coche, cuando lo alcanzo, no le veo el chiste y termino por dejar en el mostrador la tarjeta con saldo para cuatro o cinco partidas más. Disparé, maté, me mataron y enterraron el cadáver de la ilusión por esos trastos, algo que, sin darme cuenta, había colocado en el olimpo de mis mitologías personales. Y paseé entre maquinas, niños y no tan niños, saboreando ese desazón amargo del que ve de nuevo esa serie, esos dibujos que, de pequeño, le hacían madrugar sábado y domingo para amorrarse al televisor.

Y del cielo al primer piso, al gran hall. De los mitos enmohecidos a los que nunca llegaron a calar. Cuatro bonitas chicas encorsetadas en minivestidos sonríen frente uno de la veintena de coches que llenan la plaza interior. Posan mientras tres o cuatro decenas de sujetos, mayormente machos, armados con cámaras y móviles, guardan un pedacito de esas diosas del humo; fotos como reliquia, clavos de la cruz a la que no se ven sujetos, pedacitos de un sudario que nunca existió y que jamás llegarán a quitar.

Y dejó de llover. Y volvió a llover. Y paró. Y se hundió el cielo unas cuantas veces. Ni Pedro ni yo llegamos a imaginar que la temporada baja fuera tan baja.

Pedro. Me miró con el mismo interés que le miré yo; ninguno más allá del saber que había a bordo otro posible macho alfa. O beta. Cruzamos las miradas a lo lejos, sin ningún saludo, y entró a la zona de butacas del ferry, donde el “I will always love you” y perlas similares puestas a todo volumen lo hizo salir, como a mi, al cabo de pocos minutos. Se trataba de un concierto especial de san Valentín de alguna triunfante de alguna operación triunfo. Esos berridos y un par de holandesas que no daban mucha bola a nadie nos llevaron a compartir las cuatro horas de barco hasta Caticlán. Nos alegramos de encontrar alguien que entendiera de lo que hablábamos, más allá de entender lo que decíamos. Paseamos rápido por esos parajes llenos de de-donde-vieneses y hacia-donde-vases, cansados, por lo menos por mi parte, de decenas de cosechas de parecidas preguntas, dispares respuestas e identicas explicaciones, las mías, repetidas hasta aburrirme a mi mismo. Cuando llegamos a Caticlán, ya habíamos empezado a desgranar detalles de nuestras historias, más allá de esos titulares habituales. Una barca parecida a esos bichos pequeños que flotan en el agua nos llevó, junto a una veintena de pasajeros más, a Boracay. No parecía muy segura, y hacernos vestir con el chaleco salvavidas al subir no ayudó a aplacar la sensación de tener que echarnos a nadar en cualquier momento. En diez minutos ya estábamos subidos al sidecar de una moto-taxi, preparados para búsqueda de un lugar donde dormir. Sin saber exactamente como, nos habíamos convertido en compañeros de viaje por un tiempo aun indefinido. Quizás no eramos la pieza perfecta para el puzzle de playas blancas, palmeras, selvas, noches calurosas… No, si hubieramos podido escoger, seguramente nuestro acompañante ideal hubiera tenido bastante menos pelo en el pecho, pero las cosas vienen, no las puedes ir a buscar; caen del cielo y punto. Como la lluvia, que cae, que no la puedes ir a buscar, y no la puedes parar, por mucho que levantes las palmas hacia el cielo… i mira… sabeu què? m’he cansat d’aquest rollo. Si escribís a paper i boli, segurament ja hauria llençat a la papelera aquesta colla de fulles… que ja sóc a bangkok i encara languideja lletra a lletra boracay… que ara ja farà cosa d’un mes! Millor ho deixo aquí i ja continuaré.

una abraçada.

joan

Publicat dins de Uncategorized | 3 comentaris

12 de juny

hola avis!

Avui us escric com els grans autors: amb ressaca. Val a dir que no estic gaire acostumat al dum-dum al clatell, a la pesantor d’ulls… ja que, per sort, no sóc de patir d’aquesta malaltia dominical; però la nit m’ha dut aquí. I us direu que menuda fiesta. Pues no. Després de fer l’esponja tot mirant una peli i algunes creveses més al carrer, poc més tard de mitjanit ja era al sofà dormint. Waw. ¡Sabado sabadete! Però tot te una explicació… cosa que no vol dir que sigui raonable!

Com ja us vaig dir, estic al pis d’un noi amb qui vaig contactar a través d’una web d’acollir gent a casa perquè et dormin al sofà. Bé, pis; aquí n’hi diuen “unitat” perquè lo de “pis” li queda gros: és un lavabo força ample i una sola habitació de 4 x 5 passes. El sofà sense respaldo on dormo -del meu ample i metre i mig de llarg- fa L amb el seu llit, que, als peus, hi té la pica i la nevera. La veritat és que, per molt sardínic que pugui semblar el tema, l’edifici és nou, s’hi està força bé i dormo de conya.

En Jun, el meu anfitrió, passa dels trentacinc i du una petita bandera arc iris tatuada al turmell. Fa sis mesos que va venir a viure a aquest barri, aprop del despatx, on hi treballa de tres de la tarda fins a mitjanit. Fa l’horari d’oficina del regne unit perquè treballa d’assistent telefònic als clients d’una web que ven televisors, dvds i trastos d’aquests allà dalt. A Londres, el senyor Smith està impacient per rebre la seva pantalla de plasma grossa com un cavall i truca a un teléfon d’allí que rebota, rebota i explota aquí i li pregunta al Jon si falta gaire. I el Jon, en calçotets i samarreta, mentre a la paella fa xup xup un peix enllaunat del que farem tots olor, mentre per la finestra una tartana pita a un bici-taxi i esquiva una paradeta de caramels on ara hi dorm la nena que els ven, el Jon busca el número de referència a la base de dades, que ves a saber on para, i li confirma que el pare noel arribarà demà.

I Manila és molta Manila. I avui és el dia de la independència. Però em fa mal el cap. A si… que vam fer l’esponja i cap a casa perquè a ell se li va antojar; ja no té edat per estos carrers…

i felicitats Mariona!! :)

una abraçada!

Publicat dins de Uncategorized | 8 comentaris

volando voy, volando vengo, vengo…

però encara m’entretindré una mica pel camí! Avui us escric a contrarellotge, per la poca bateria, i saccsejat com un martini, per les turbulències de l’avió. Hem sortit de darwin cap a manila, fa cosa d’una hora, amb la promesa d’un vol de quatre hores remenades però no mesclades. Farem el que podrem; i, a petició de la júlia i demés, ho farem encomant, pausant, la vomitera de tant en tant perquè pogueu agafar aire. He de curar-me aquesta mania d’arrujar sense gaires miraments…

L’última vegada que us vaig escriure arribava a darwin en aquell tros de tren amb l’esperança d’una setmana de relax i solet a la costa. I s’ha acomplert. El nord d’australia, durant el que vindria a ser l’estiu de l’hemisferi sud, és molt plujosa i cada any s’hi passeja algun o altre cicló; però a l’”hivern” gaudeixen de dies que ronden els trenta graus, amb les seves nits de no menys de divuit o vint. Aproximadament el paradís: xancletes, pantaló curt, samarreta curta o res… però sense agobiar-te de xafagor, com aquells dies a l’arrabassada que no pots sortir de l’aigua! I sort, perquè aquí entre cocodrils i taurons no acabes de saber mai on és segur banyar-se, i jo, que sóc de cal precabut, m’he sucat tan sols a la piscina de l’alberg i a un tros de riu on hi xipollejava una fauna turística que, en cas de cocodril, dubto que el lagarto vingués a clavar-se al paladar la meva carcanada tenint aquell bé de deu de pernils a la seva disposició.

Caram… crec que puc dir que he estat de vacances de les autèntiques, perquè ara intento fer memòria del que he fet aquesta setmana i poqueta cosa, eh! I lo poc que he fet, ho he fet sense presses, paladejant. He passejat pel poble, per la platja, pels museus, pels parcs naturals, pel mercadillo. he conegut passejants d’arreu, hem passat les hores de xarrameca, de postes de sol a la platja i de pendoneo, que això és una mica com salou. He saciat a la biblioteca el vicio amb la connexió gràtis, he après a fer nusos, he escrit, he cuinat, per mi o per compartir amb passejants, anant a comprar cada dia… en fi, que m’he rascat els picarols a dues mans, que ja tocava.

Avui em sento poc detallista, així que deixaré per alguna sobretaula la pudor que pot arribar a fer una habitació compartida per sis mansos, o la xusta de cafè que et poden arribar a vendre al bar de mala mort d’un poble de mala mort. Veient algun capvespre potser us explicaré que aquí les postes de sol són realment vermelles, però vermelles de tres nassos, pel fum que sura just entre el sol i la costa, fruit dels incendis controlats del sotabosc; i que, malgrat l’espectacularitat, ningú aplaudeix quan, xof!, el sol s’ha sucat un vespre més. Quan vingui a cuento, potser al xiringuito de la platja, posaré sobre la taula el fart d’historietes de cors gastats, esquinçats, estellats, esberlats, corcats, metzinats i pura metzina, comatosos, acuirasats, armats fins ales dents, esmolades dents, com-ple-ta-ment fets xixina… però, malgrat tot, apedaçats, recosits, envenats, apuntalats, cola per aquí, cola per allà, al mal tiempo buena cara i apunt, sempre apunt, per saltar de nou a la plaça amb les mànigues arromangades i ale, dejadme solo, que deia ese.

La sortida del país ha estat una mica caòtica per culpa, un cop més, del meu despiste crònic. Més content que un gíngol illetrat, he arribat al taulell de facturació amb la meva motxilla cada dia més lleugera, que no faig més que llençar o donar excés d’equipatge hivernal, i la noia m’ha preguntat, amb tota quotidianitat del món, pel meu vol de tornada.
- No, no, que jo no torno, que me’n vaig cap a taiwan.
- I el bitllet?
- Quin bitllet?
- Pos el d’anar a taiwan.
- Pos no el tinc, filla, ja el compraré allí! Depèn de quin rollo em dongui filipines, pos ja veuré…
- Necessites un bitllet de sortida per poder entrar al país…

TAXAAAAAN!!! Us podeu imaginar la meva cara de lluç rebollit quan la sujeta em diu això a dues hores de que l’avió fes xau-xau i, per donar més intringulis al momentazo, a unes quantes perquè arribes la mitja nit i, amb ella, el final del període de tres mesos del meu visat. Bé, una mica de suor, però pim-pam, busca el wifi gràtis de l’aeroport… “A dalt, a les portes d’embarcar, és on funciona millor”. Gràcies senyora… Intenta rapinyar el wifi de la sala VIP… si però no… Total, tarjetasu a la maquineta de connectar-se i tarjetasu de 64 euros per volar a taipei el dia 28 de… juny… us podeu creure que ara dubto si he posat juny o juliol? A vegades em sorprèn que hagi arribat a sobreviure fins a dia d’avui…

Eniuei, que diuen aquí. Bé, allí. El cas és que ja estic a l’avió i que aquesta nit m’estrenaré, si tot va bé, com a couchsurfer, o sigui, a dormir als sofàs de desconneguts trobats per internet. Que direu, “quin disbarat! Gent per tot!”. Doncs si, gràcies a deu, si, hay gente pá tó. Ja us explicaré que tal la cosa.

una abraçada molt forta!!

PD ja sóc al pis d’aquest noi! La ciutat és caos tremendo! Vint milions purulant per aquí! A veure quina pinta fa tot amb la llum del dia.

Ah, per cert, confirmo que el bitllet és pel 28 de juny, i encara sort, perquè el senyor que estampa passaports m’ha donat un mes per visitar filipines.

Publicat dins de Uncategorized | 17 comentaris

dies que s’amunteguen de nou!

 

hola avis! Com prova la primavera?

 

sembla que ja està. Podria dir que torno a ser al camí, però no tinc gens clar si mai vaig ser-hi, o si mai l´he deixat. El que si que tinc al davant és el canvi. I no ho sé tan sols perquè les meves coses estiguin de nou dins d’un parell de motxilles, aquí, al meu costat, al tren que brama per sortir en dos minuts de Goulburn. Ho sento a l’estómac i als ulls, com quan una cançó esquiva les teves defenses, se t’embolica a la gola i t’hi fa un nus. No vull que passi. No vull evitar-ho. Gaudeixo del gust de la nostàlgia que em puja per l’esòfag, a punt de vomitar llàgrimes que acaben per fer la seva i rodolen sal fins a la llengua, recordant-me com trobo a faltar el mar. Per sort la doreen ha posat tovallons a la bossa de picnic que m’ha preparat pel viatge. Havia cuinat un últim sopar pels tres i no hem arribat a temps; en peter ha volgut fer massa feines i el temps ha volat. Ara s’estarà maleïnt mentre s’engull la humitat que li envaïa els ulls al pàrquing de l’estació. Despedida d’homens; encaixada de mans, abraçada ràpida. I’ll miss you, maestro. Jo també. Un tros de pà dins un bou; manos como manojo de pollas, que diria l’aleix. Si sen’s ha fet tard ha sigut, en part, per no deixar tot el cap de setmana sense mig sofà a un client d’uns seixanta que pateix una malaltia degenerativa que el fa caminar poquet a poquet, amb un bastó, a saltets. Al matí, quan hem recollit el sofà, l’home ha caigut de la cadira amb que es quedava. A la tarda, somreia content i tremolós al provar l’escuma nova que li he posat; una mica més dura del normal, perquè li fos més fàcil aixecar-se. És tossut i s’ha ficat entre cella i cella tot el que haviem de fer avui. I s’ha fet. I té decidit que tornaré, que farem papers, que aviat les noves habitacions de la granja estaran acabades i que sols necessito una xicota. M’entristeix imaginar la cara que posarà dilluns quan arribi al taller i es trobi sol amb aquell parell de personatges que roden per allà. “I need you here, maestro”, em deia avui després de rebatre una peça que no encertava a tornar a posar a lloc i li he arreglat. I no em necessita per les meves mans de pianista, que arriben on els seus xoriços no entren, ni pel que sàpiga fer o per la solució que imagini -per cada cosa que arreglo faig tres bretolades-; l’engranatge que ens encaixa és el seu mal pronto i la meva… alguns en dirien pau interior i/o exterior, d’altres en dirien parsimònia o fins i tot els més valents parlarien d’orxata. Diga-li com vulguis, però el cas és que ell es va guardant les enrabiades fins que rebenta; i durant els últims mesos ho acostumava a fer aprop meu, amb la confiança. Feia pum, jo somreia, potser deia alguna cosa, i ell es relaxava. Sense escalades de tensió, que d’una colla d’anys cap aquí, entre divorci, fills girats, punyalades laborals i demés, n’hi sobra.

 

la gana m’apreta; a veure què m’ha posat la dooren al sarró…

 

2 de juny

 

de tren a tren, i us escric, no perquè se m’endugui la corrent, ¡sinò perquè tinc vint-i-quatre hores de viatge per davant! Amb aquesta perspectiva de viatge entrendreu que hagi retrassat fins avui, dos de juny, la missiva. Trobo que el tarannà d’antigualla clàssica del tren se m’ha enganxat i aquesta nit escric com un merdetes! Heu de saber que aquestes línies m’estan costant la friolera de 10 dòlars! I no parlo de la connexió a internet, que al tren no n’hi ha, sino del que m’ha costat poder endollar el portàtil! No hi han endolls a la zona de seients per pobres-motxillers, ni al restaurant, al que tampoc m’hi podria asseure a passar les hores teclejant; tan sols n’hi ha al lounge, el que vindria a ser el saló dels senyors, però sense puros. Al fons del vagó, sis homenots que viatgen sols -vull dir sense femelles a la vista- ja han omplert de llaunes de cervesa la papelera, tota una colla de gentlemans… El tren es remena prou, però no tant com per justificar tant de balanceig al provar de tornar les safates del sopar a la barra del bar. Al cap i a la fi, els hi canvies la birra per copa ampla de cognac i ve a ser el mateix. Més aprop i aportant tendresa clàssica al vagó, una senyora fa mitja mentre el marit llegeix el diari. Però no passeu pas pena per mi, doncs per compensar la inversió tenim una màquina de cafè força bo a la nostra disposició, i ai, que poc dormiré avui, amortitzant els 10 bugs en cafès i tès! Aquest tren, the ghan, per situar-vos una mica, (trec la revistilla-panfletu) arrenca de la costa sud d’austràlia, creua el país pel mig i arriba a la costa nord: d’adelaide a darwin. Cinquanta-quatre hores per fer 2.979 quilòmetres a una velocitat mitjana de 85km/h i 115km/h de màxima. El nom i el símbol, la silueta d’un home muntant un camell, li van posar en honor als afghanesos que fa cent cinquanta anys feien sobre aquestes bèsties importades el recorregut que fem avui, ajudant a instaurar el domini dels anglesos al desert, primer amb les caravanes de camells i, després, participant en l’expansió de la via a través del continent. Així va ser com molts dels pobles de l’austràlia profunda -però profunda profunda-, tan profunda com angli-macdonald’s-patriòtica, van ser fundats per afghanesos que, no va en broma, van començar a plantar dàtils al desert.

 

¿i què ha passat entre els rodalies cap a sidney i aquesta mole de setze vagons, gairebé mig quilòmetre de llargada i prop de vuit-centes cinquanta tones? Doncs podriem dir que quilòmetres i quilòmetres de res; però un res vermell, de dies càlids, nits gelades, matinades fresques i postes de sol llargues i silencioses. I mosques.

 

vaig començar l’escapada amb un error tan estúpid com típic en mi: pensava que volava diumenge pel matí cap a l’uluru, o ayers rock, i el dijous a la nit me’n adono que hi volava dissabte. Se’n va anar aigüera avall (girant cap a l’altre cantó, clar) el pla de pujar tranquilament dissabte i passar la nit amb els catalans i espanyols de sidney veient la final del barça. Vaig acabar pujant, com ja he dit, a corre-cuita divendres a la nit i passejant per kings cross amb els que no vam voler pagar els 20$ de la discoteca. Hi ha coses que, i dono gràcies a la moreneta, no canvien malgrat el continent. Poquetes i tranquiles hores al camí amb amics fets pel camí; una bona engegada.

 

però la cosa semblava que es posava lletja: sabeu l’enrenou que poden fer una excursió de xavales i xavals d’uns 10 anys a la cua de facturar l’equipatge? Em vaig compadir dels pobres que els hi toqués volar amb ells a l’avió… i quan estava assegut aprop de la meva porta, comencen a aparèixer com mosques a la mel, amorrant-se als vidres de les maquinetes de pastes, patates i cocacoles que just tenia al meu costat. Vaig començar a tenir suors fredes imaginant la setentena de cabrilles dins del meu avió durant les tres hores de vol… i si anaven al mateix alberg?! Ja em veia trobant-mel’s a totes les excursions, com una manada de nyus amb xandall blau marí, aixecant pols i no deixant res d’empeus! Però vam començar a embarcar i la cridòria s’anava quedant enrere mentre baixava pel tub cap a l’avió. Pobres mestres; una abraçada des d’aquí al papa, a les tietes i a tots els que em van dur a mi i als meus per estos mons… ¡hay que tener valor!

 

el vol molt majo, però no ens van donar ni un trist paper per eixugar-nos els mocs. Vaig demanar a les assistentes una cullereta per menjar-me un yogurt de mig litre, que aquí són molt bons, i em miraven raro, amb la mà al lector de targetes, a punt per xuclar-me a la que em descuidés. Ara em pregunto com un yogurt de mig litre va passar per l’escanner… potser perquè era sense sucre. El cas es que us parlo del vol perquè l’important eren les vistes. Des del cel, el desert no es veia tant vermell com m’esperava. Vaig saber més tard que la última temporada havia sigut més plujosa de l’habitual -que els hi diguin als de queensland- i per això havies d’apartar els matolls verds i grocs per trobar el desert pròpiament dit. D’altra banda, mirar aquest desert des de l’aire fa entendre, segons m’han dit, perquè els aborigens pinten amb punts: la terra s’exten com un fons, vermell, grog o marró, on s’hi esquitxen anàrquicament boletes de tons verds. L’acumulació d’aquest punts en una zona és l’indici d’alguna font o riera; encara que també pot ser que, si estirem una mica més el coll, ens n’adonem que estem mirant els jardins que rodegen el complex turístic.

 

es tracta d’un petit poble artificial al mig del desert, a uns vint quilòmetres de l’uluru i a cinquanta de kata tjuta (o alguna cosa semblant). Els hotels inflen els seus preus de tal manera que més que estrelles sembla que tinguin tota la via làctea; i l’alberg no es queda enrera en l’assalto. A qualsevol altra banda, per compartir una habitació amb dinou macles més, no pagariem més de 23$, doncs allí se’n cobren 34! I no és precisament un alberg de luju. Tot s’explica doblement per l’aïllament del complex: per una banda, tot és més car de fer arribar, i per l’altra, poden ficar els preus que els hi surti de la puntalpito ja que la ciutat més propera està a sis hores per carretera. Fins i tot fer una clau deu ser una autèntica odisea, ja que et fan deixar el doble de fiança perquè no te l’enduguis. En fin, pilarín; desplomada a part, a la que, cal recordar, vaig haver d’afegir una nit més, la primera, perquè vaig fer la reserva pensant que arribava diumenge, el lloc val la pena. Tan sols arribar vaig calçar-me les bambes per anar a còrrer pels voltants, per camins vermells infinits amb l’uluru de fons. Vaig fer alguna foto pels nostres corredors i caminadors de la família: aquí n’hi ha per trempar amb les bambes posades! Córrer amb la fresqueta del matí o del vespre, amb els vermells del cel i la terra, el silenci… trencat de tant en tant per algun bus llunyà o una colla que passeja xino-xano en camell. Després de tres o quatre turons enllà, quan ja em posava les mans a les caderes, mirava cap a l’uluru, m’aixecava la visera del sumbreru imaginari d’indiana jones… les veus de quatre cambreres i un cambrer van fer grinyolar els violins de la banda sonora que m’acompanyava. Eren a la meva esquerra, un quilòmetre més enllà, al costat d’una esplanada que s’omplia de taules, mantells blancs i xampinyons calefactors: soparet al desert amb rebuda musical aborigen, vistes a la posta de sol sobre l’uluru i postres sota les estrelles. Vaig ficar-me el barret d’indiana a la motxilla, vaig plegar el látigo i vaig tornar a casa. Si, motxilla, les habitacions no donen confiança ni armari per deixar portàtil, càmera, calerons i papers per allà tirats.

 

la nit va ser tranquila; soparet i xerrada fins tard amb una australiana que, al contrari que jo, escurava les vacances. Jo havia decidit prendre’m el diumenge (després de 10km de camins matiners de pols vermella) com un bon i rascapilotero diumenge, com ella, així que el vam passar mandrejant a la vora de la piscina, xerrant i passejant. A vegades, malgrat la volatilitat que comporta viatjar al tun-tun, es troba gent amb qui es connecta ràpid i val la pena passar una efímera però bona estona.

 

menuda truja que porten els mansos del fons del vagó, ja han començat a cantar!

 

dilluns al migdia, ja acomiadats i cadascú al seu bus, el meu em va dur cap a l’uluru. M’agradaria ara fer una petita introducció enciclopèdica del que vindria a ser la pedra, però no tinc internet i la meva memòria no dona per tant, i menys si vaig sentint versions diferents del que és o deixa de ser el coi de muntanya. El cas és que, a simple vista, vindria a ser una gran roca vermella, corva com un còdol de riu ajagut i mig enterrat, d’uns deu quilòmetres de diàmetre que es fan, si en tens ganes, tot passejant. Vaig llegir a la wikipèdia -font de fonts!- que es tracta d’un monòlit que, més enllà dels doscents i pico metres d’alçada que es veuen en superfície, es fica dins del terra entre dos o tres quilòmetres; però allí un turista va especular que n’eren sis, i la italiana amb la que vaig fer migues (molles?!) al bus i vam fer mitja passejada plegats, sostenia que l’uluru i els turons que agrupats formen el que es coneix com kala tjuta (“conjunt de caps”) són la mateixa roca unida per sota, com una mateixa beta en forma d’u. Jo em vaig limitar a passejar al voltant de la roca, a gaudir del paisatge i a menjar mosques. Perquè això si, de mosques, unes mosques com les de casa, igualetes, però en versió reduïda, n’és ple. Sols surten a les hores de més calor, des de les deu del matí fins la posta, i et cobreixen la cara tot fen-te un peeling, netejan-te les orelles o bebent dels teus ulls i els llavis. Una delicia pels sentits! Vaig donar gràcies al super-mocador-tovallola-parasol-pareo de tres metres, i des d’avui para-mosques, que la bet i la mariona em van pujar del sahara. Quien dijo vergüenza? Però me’l vaig haver de treure per fer l’últim quilòmetre a corre-cuita, a cinc minuts de l’últim autocar. I a l’aparcament semblava que l’autocar ja no hi era, però realment, el que passava, era que faltava mitja hora perquè hi fos; la mitja hora de diferència horaria que separa la costa est del centre. Tal com va senyalar aquella mateixa nit la italiana, segurament el pilot de l’avió ens ho havia recordat entre temperatures locals i agraïments per la companyia, però en aquell moment jo estava embrutant la meva finestreta amb el front.

 

La italiana, que té nom, però que ara no buscaré, va venir a fer uns vins mentre jo sopava. Donat que una ampolla de vi negre de no més de sis o set dòlars estava a més de quaranta a la botiga/monopoli, vam rapinyar-ne una d’una taula de gente pudiente, que l’havien abandonada per allà entre d’altres ja buides. Se’ns van unir al festín els recent casats italians amb qui l’endemà vaig anar a veure la suposada altra punta de la roca, les kala tjuta. Mig enterrats entre sorra vermella, arbres i matolls, trenta-sis còdols rojencs s’aixequen en diferent alçades -més de cinc-cents metres el més alt- composant un curiós gegant laberint de corves cantonades i verds camins, resguardats del dur lorenzo sota l’ombra de les roques. Calla, que la italiana es diu elena! Sense h. Aquella nit, amb la parella i alguns més, vam sopar a la casa on ella s’estava, la d’un dels treballadors del complex. Tot el personal d’aquest petit poble viu al costat de les instal·lacions. Venen a passar uns mesos o uns anys i poden arribar a ser de 800 a 1.300.

 

si, començo a pixar fora de test, així que ja seguiré demà pel matí o després de la parada a katherine town de nou a dues. Ara a dormir d’hora que vull veure sortir el sol sobre on sigui que ens despertem.

 

3 de juny

 

m’envolta una escena d’aquelles que les revistes de viatges calificarien de must done, de bàsic, de clàssic, d’imperdible: veure sortir el sol sobre el desert saborejant el primer cafè del dia al saló del transcontinental. Jo, amb al cor a la mà i un te a l’altra, jo, que he vist sortir el sol desde la mussara, si hagués vingut aquí per veure aquesta alba, doncs no sé, jo, em mosquejaria. Suposo que és per això que acostumo a arribar als llocs amb la cara d’idiota del que no ha posat el topònim al google, del qui no va amb la lonely planet sota el braç, llibre que es denota que trobo interessant i útil quan el rapinyo de les mans del primer que treu tal maó de la motxilla: el d’austràlia fa quasi quatre dits de gruix, un altre bon motiu per no dur-lo a sobre!

 

al cafè, expectants pel ritual de la sortida del sol, ens hem reunit un matrimoni de jubilats -ell amb el clàssic model “ronyonera sobre samarreta”- i un parell de senyores solitàries i emocionades pel moment. M’acabo d’adonar que estic rodejat de senyores fletcher! Arg! Espero sortir viu d’aquest tren… al fons del vagó, la colla de mansos, que segueixen on els vaig deixar, encara que em confirmen que han anat a dormir, es cruspeixen un autèntic esmorzar australià: bacon, ous, saltxites, tomàquets, torrades… sincerament, ara em fan enveja; una enveja que desapareix al mirar-los-hi les pantxes. A fora, el tren és envoltat per un bosc baix bastant poblat, a vegades cobert pel que semblen petits pantans; durant les últimes hores hem deixat el desert enrere i els nius de tèrmits s’aixequen vermells i puntxaguts entre els verds i grocs dels matolls. La nit al vagó, sentat, doncs una mica incòmoda, he acabat dormint al terra, sota els seients, resan xq ningú em trepitgés com una cuca. La necesidad agudiza el ingenio, que diuen, sino que els hi expliquin al parell que van ocupar el lavabo durant una bona estona!

 

veig que ahir em vaig quedar passejant entre els monticles de kala tjuta. Tant aquests monòlits com l’uluru són llocs sagrats pels aborígens de la zona. L’uluru està farcit de forats i racons utilitzats per rituals de transició i d’altres moments sagrats, motiu pel qual no pots acostar-te a segons quines zones i et demanen que, malgrat poder fer-ho, no pugis al capdamunt de la roca. La roca i jo… deixareu que em posi místic per unes línies… el lloc, tant l’uluru, com kala tjuta, com tot el desert en general, desprèn un batec especial, aquell batec que hi sent el que l’hi vol trobar. Caminar sobre la immensitat de l’horitzó, trencada corvament per aquests aspres megàlits, em va fer sentir relaxadament minúscul, ínfim. Amb la mà sobre la roca encesa, mirant amunt com aquesta retallava el blau intens, tots els temps es van fer un, ara i aquí, on, al cap i a la fi, tot seguirà sent, fent i desfent, mentre nosaltres creiem crear alguna cosa eterna sense veure que l’important no és la sorra que atrapem dins del puny, sinò les pessigolles que fa quan se’ns esmuny silenciosa entre els dits.

 

però avui jo no controlo el temps, ho fa la distància, i en queda poca per arribar a la següent parada, katherine town, on baixarem i ens portaran a fer una volta, a fer gasto!, que dirien alguns. Esmorzar, dutxeta i a paseo.

 

torno a ser aquí. L’excursió, tranquililla, en plan cabretes amunt i avall, cadascú al seu ritme, ha donat per passejar fins al capdamunt dels penyasegats que rodejen el riu i veure milers de ratpenats penjant dels arbres i uns quants wallabies, com cangurs en miniatura. Una d’elles s’ha aturat al veure’m i, al notar la tensió, la cria que duia a la bossa ha guaitat a veure què passava; “what’s going, mate?!” Més moooooooona!

 

el centre del poble, com alice springs, és ple d’aborígens vagant amunt i avall, menjant a l’ombra o jugant amb la canalla. Una part important de la comunitat, però, està atrapada per alguna o altra droga, majoritariament l’alcohol. Expulsats de les seves terres i, per tant, desprovistos del seu mode de vida nòmada, molts s’han quedat a mig camí entre el que eren i el que els blancs esperen que siguin. Per tal que així sia, la canalla s’escolaritza -si cal de manera especial-, es fan programes d’inserció laboral per aborígens, lleis de protecció… fins i tot les monjes, les de blanc amb la ratlla blava i xancletes, roden per aquí vetllant per aquesta colla de pobres desamparats… quins collons. Ells ja tenien la seva educació, no s’havien s’insertar a cap lloc ni ésser protegits de res més que dels colons, que en van matar vora set-cents mil, reduïnt la població a menys de dos-cents mil. Però els civilitzats i paternals blancs sabem el que convé; i aquí hi ha molta terra, massa negoci per deixar-ho perdre. Aquí, com a tantes altres cases, ningú va trucar a la porta abans d’entrar, ningú va preguntar res, ningú, ni cristo. I ara demanen perdó i obliguen a ser perdonats, a oblidar i a mirar cap al futur. Posa-hi una bandera onejant, ben grossa, al darrere, una banda taxín-taxín de fons i ale, pudreix-te. Sincerament, venen ganes de ficar-se a la bossa de la primera cangura que passi.

 

I ara que em poso em plan che, dir que m’està costant no agafar el primer vol cap a plaça catalunya, o plaça la font, amb la tenda de campanya sota el braç al veure, des d’aquí, com la cosa sembla que es remou i belluga. M’enganxa a terra el pes, com plomades sobre l’espatlla, dels agredolços records de bolonya.

 

Crec que per ara ho deixaré aquí. Són les 14.30, així que arrencarem en breu… si, mira, ja ho tenim. Per davant quatre hores fins a darwin. Intentaré escriure aviat, abans de marxar cap a manila el dia 10.

 

una abraçada molt forta!

 

a vint-i-cinc minuts d’arribar a darwin passem per sobre del segon pont que anuncien per megafonia com espectacular, “treieu les càmeres”. Aquest últim, com a mínim, he sigut a temps de veure’l ja que l’altre amb prou feines feia cinquanta metres. Visto y no visto. Qui no s’emociona és erquè no vol, escolta!

Publicat dins de Uncategorized | 4 comentaris

dies que s’amunteguen!

Hola avis!

Després de l’última entrada, bastant afusellable, i que potser us va deixar una mica preocupats, he arribat a una conclusió. Visc en un matrimoni! Bé, potser seria més exacte dir que visc en un trio o una orgia, perquè en realitat som una bona colla, però, per simplificar, ho he deixat en matrimoni. Vaig amunt i avall amb uns quants jos amb qui rarament m’entenc. Costa mil dimonis posar-nos d’acord i quan la liem, sempre és culpa d’algun dels altres… o de tots plegats, que conspiren contra mi! Són moltes hores junts, i ja sabeu que les estadístiques senyalen que els divorcis i les vacances llargues estan íntimament relacionats. Però aquí està la petita diferència… cap de nosaltres pot aixecar-se a mitja orgia, arreplegar el tanga, la boa lila, i marxar con la música a otra parte. No puc fer papers, vendre la casa, negociar pensió ni discutir custòdia! Així que no ens queda altra que seure en rotllana i provar de xerrar sense esgarrapar-nos els uns als altres. I com passa a vegades amb els matrimonis, arriba la reconciliació. En el nostre cas és una mica més relaxada, sense fotre un clau sobre la rentadora, o al cotxe, “com a principi!”. Aquí sols hi ha somriures i algú paga un cafè per tots, un mocha, mochachino, que n’hi diuen a Nova Zelanda. Tan aquí com a Austràlia, que t’agradin els cafès és un despilfarro. Un cafè pelat no baixa de 3$ i si el demanes amb llet, o capuchino o mocha, els 4’5$ no te’ls treu ningú. Ara, si fa fred, hi pots sucar els peus! Una palangana de plaer cafetil que, si te la mires amb euros, no et sap pas tan greu regalar-te.

Bé doncs. Mocha en mà, ja sóc a l’aeroport de Christchurch esperant l’avió. Com s’està convertint en una tradició personal, he arribat el dia abans. Però volent, eh! Lluny queda el dia que amb en Gerard vam arribar un mes abans a l’aeroport d’Istanbul, anomenat Ataturk, que és un senyor molt, però que molt seriós, que et trobes a tot arreu. El cas és que vam equivocar-nos al comprar els bitllets per internet (masses hores editant un vídeo per classe de publicitat) i, enlloc d’una setmana, teniem Turquia per un mes i sis dies! Ens va costar molt decidir-nos a canviar el bitllet i no quedar-nos-hi… molt… i a hores d’ara, quan hi pensem, encara ens supura un riure histèric i maleïm no haver-nos quedat! ains… El premi de consolació va ser una nit pels carrers de la ciutat més ronyosament tendra per la que he passejat mai, veure sortir el sol sobre el Bòsfor, esmorzar un durum grandiós a les set del matí i la ferida que deixa als llavis la sal de les brises d’Istanbul.

En fi, que jo estava dient que Nova Zelanda acaba com va començar: dormint a l’aeroport la nit abans d’enlairar-nos. Espero que no segueixi igual, amb un terratrèmol i un canvi de destinació! He dormit aquí perquè les combinacions d’autobusos des del llac Tekapo, on era ahir, fins aquí són bastant pobres: el vol surt a les 5 de la tarda i cap bus arribava avui a temps. Vint hores abans! Però bé, m’agraden els aeroports; són com una espècie de llimbs on tots esperem per anar al cel. Alguns ho gaudim, d’altres no saben com posar-s’hi. Viure en trànsit. Jo aprofitaré per obrir la carpeta de fotos i fer memòria d’aquests dies. Han passat molt ràpid, amb molt de moviment, molts quilòmetres, molts noms de llocs que no recordo -cadacual más raro- i molt moments que, per variar, no seré capaç de recordar.

Ja davant la porta que toca… vaya fotògraf fora de quadre que estic fet! Un dia m’hauré de prendre seriosament això de fer fotos quan viatjo… Algú remarcable va dir, o va deixar escrit, o ho ha anat dient molta gent i ha quedat com si el mateix Xus ho hagués deixat anar mentre esperaven el segon plat durant el sopar d’empresa -vinito va, vinito viene i comença la filosofia-, que “una persona no és el que és, sino el que fa”. I llavors apareix la vostra filla segona, la meva mama adoptiva, recordant, davant d’algun nou rumb pres, així, d’un dia per l’altre, aquell “aprendiz de todo, maestro de nada”, ahí, con puntería (amb ene!). I quin cabas de raó que té! I quines paelles que fa! En fi, resumint i tancant paràgraf, em declaro aprenent de professió. I que facin les fotos els altres. Com l’Henar, sense anar més lluny, que en va fer moltes i me les va passar! Però ara he de tornar a tancar, que ja criden a pujar. Passaport entre les dents.

Passaport entre les dents i el cul ben apretat! Diligent, sèria, implacable, ja a Sidney, la dona de blau obre el meu llibret marró per la pàgina de la foto i l’escaneja. Zic-zac. Aparta la mirada de la pantalla, me la clava entre cella i cella i la dirigeix al passadís del fons, a la dreta. Sense dissimular, enèrgica, i farta de la mateixa història, apreta un botó del lateral de la taula i al minut apareix un senyor amb corbata; espasa de Damocles penjada del coll. El segueixo, segueixo el meu passaport, mentre els suors em comencen a cobrir fins a l’últim pèl de les orelles. “On vas?” “D’on vens?” I el més important, “amb què pagues aquest anar i venir?” Per sort, el caçador de treballadors no contributius acaba rient entre històries de granjes i gallines que el convencen de la meva bona fe. O això espero, perquè avui encara em persegueix la paranoia de si em buscaran i qualsevol dia m’apareixen al taller i ens empapelen a tots! La part bona de l’assumpte és que tornaria gratis a casa… pel que m’han explicat de primera mà, no seria el primer.

Pero ara, a cada minut va quedant tot enrere. El tren ens allunya de la capital sentimental, Sidney, camí de la capital fàctica, la dels que manen, on viu la primera ministra i on s’amunteguen tonelades de runa burocràtica. Poc a poc vaig baixant del núvol de les vacances. D’estació en estació m’acosto a un mes i pico d’aixecar-me d’hora, de taller, de menjar més que decent, d’anar-me’n a dormir sempre massa tard i d’omplir les escletxes que queden entremig d’aquesta rutina monacal.

Aquest tren coctelera m’esta portant de nou a les careteres de Nova Zelanda; molt tranquiles quan, xino-xano, les feiem amb l’Henar, però terribles dins d’un autobús amb uns horaris que acomplir. Amb ella cada revolt era un nou paisatge al que somriure, i la possibilitat d’una altra habitació de luxe amb vistes a on ens vingués de gust -amb el permís de les autoritats, clar. Adormir-se o mirar una peli amb les onades tenia el mateix preu que parar el motor dins la gola més fosca a mig camí entre qualsevol lloc i el no res. El millor de buscar de nit un lloc on aparcar i dormir era la sorpresa de l’endemà, quan obriem la porta i davant nostre s’escampava una vall verda i ampla creuada de dreta a esquerra per un riu cobert de boira per on rodolen entre codols guspires d’or que encara avui alguns d’entretenen a buscar. I llavors ompliem la postal amb olor a bacon i ous fregits. No es pot demanar gairebé res més. Viure en una furgoneta cargolera et dona molta llibertat de moviment, però d’una manera estranya sembla que aquesta llibertat es transformi en una necessitat innerent de no parar quiets, i gairebé cada nit dormiem a un poble diferent. La costa oest, per on vam viatjar junts uns dies, està esquitxada de poblacions petites, inclús petitíssimes, rodejades de camps de pastura, selva i muntanyes que comencen a enfilar-se cap a la serralada central que talla l’illa pel mig amb pics de més de tres mil metres, glaciars i neus perpètues. Un vent que es va fer constant durant tots els dies que vaig ser a la costa pentina aquests pobles cap amunt i remena el mar fins a deixar-lo ben brut.

Ens havíem trobat a Greymouth tres dies més tard del que tocava. Ella venia d’esperar-me a Christchurch, al bell mig del terratrèmol, creuant les muntanyes per l’Arthur Pass. Jo baixava d’Auckland, la ciutat que no tocava, amb mil i pico quilòmetres de furgoneta, ferry i busos. Contents de tenir aprop un trosset de “casa”, vam enfilar la carretera de la costa fins on desapareix del mapa la línea vermella. Karamea marca el límit de l’espai però també del temps. El poble semblava viure talment dins d’una fumada permanent, i la tranquilitat, ja en grau paxorra, a vegades se’t contagiava, però d’altres ens feia empipar. La dependenta de la tenda jipi, la de coloraines i fotos de la India i collarets i roba “pre-estimada”, si no era allí, un cartell sobre el taulell deia que era al bar, a l’únic bar, bar que no tenía llicència per vendre alcohol, si era obert, però tenia pa, cafè, gelats i arrecades, on hi podies trobar a la dona d’informació, si no era a l’oficina d’informació o a la botiga de coses per la granja, i que entre follets (si, follets) i sacs d’adob ens intentava trobar a la noia que lloga bicis que es trenquen, que no contestava al telèfon perque eren les nou del matí i deuria estar donant classes a la petita escola d’aquell petit poble al llindar d’aquesta dimensió, on et pots banyar a la piscina municipal tots els dies de dues a sis, però no els dilluns, i la biblioteca obre els dimecres i els dissabtes, de deu a dotze. I tot això pot ser així. O pot no ser-ho. Perquè a a vegades hi ha concert al bar sense llicencia per vendre alcohol. Perquè a vegades tots els que aquella nit son la gent del poble, siguin d’on siguin, siguin el que siguin, van al concert del bar sense llicència amb una ampolla sota el braç. Perquè a vegades les hores sense minuts s’omplen de música i foc de llenya. I llavors, a vegades, l’endemà, no cal obrir la tenda jipi de coloraines, de cedés i figuretes de fusta, i la noia no es al bar, perquè tampoc cal obrir-lo, perquè, a vegades, no cal fer les coses que cal fer. I llavors Deu va crear les pilotes i els bats de beisbol i els camps de gespa i la pell i el sol i les patates fregides amb sal marina i el formatge parmesà i una cervesa dolça que no et ven cap serp penjada d’un arbre -malgrat el seu preu sigui un pecat! També va crear unes mosques petites i estúpides que mosseguen; tothom pot tenir un mal dia a la feina.

Ens vam acomiadar als peus del glaciar Franz Joseph, on vam comprovar de nou que al món hi ha classes, i allí els que no paguem vèiem el glaciar de lluny, amb les personetes que paguen també lluny, com puntets entre els blaus transparents del gel.

I van començar els autobusos i un alberg diferent cada nit i les presses pel temps que vola cap a Sydney en pim pam. A Wanaka vaig disparar les meves primeres vint-i-cinc bales. Calibre 22. I vaig descobrir que el tir i practicar el swing relaxa. També vaig confirmar el que va fer-se bastant evident a Karamea: el genoll dret ha decidit que s’ha acabat fer el tonto amb la bicicleta, més enllà dels passejos innocents i dominicals. I a tornar a la cursa contra rellotge per fitxar a Te Anau i Tekapo, on llacs infinits de blaus turqueses reprodueixen ondulants les muntanyes que els rodejen. I mirar amunt amunt amunt des del vaixell fins als pics dels fiords on, per un dia, vaig decidir creuar la línea i ser de l’altra classe, dels que paguen, i pujar amb helicópter fins a un glaciar del capdamunt d’aquelles muntanyes que es claven gairebé rectes contra les aigües del Milford Sound.

He trobat Sidney, després de passar pels aeroports que us explicava, al mateix lloc on la vaig deixar, encara que aquest cop se m’ha fet una mica més ampla. La primera nit vaig agafar el camí contrari a la ciutat i la vaig passar a casa d’una amiga de’n James, el noi aquell de Goulburn, just la parada que acabem de deixar enrere! La noia… bé, “allò”, perquè vol que per fer referència a ella es faci servir un pronom de gènere neutre, com una altra de les noies de la casa, però no com una altra, que és “ell”… sabeu sobradament que no tinc cap problema amb cap història d’aquestes… però la cosa em va tocar una mica el voraviu! Ja tinc prous problemes amb l’anglès que a sobre me’l compliquen! Si trec jo els pronoms febles es caguen tots i totes potes avall! Però es mereixien tot l’esforç lingüistic del món. Són gent molt maja que em van acollir a la seva antiga comisaria okupada; on vaig passar poques hores però vaig poder assaborir de nou la proximitat, després de tants dies de vida de comercial de tornavisos, tot el dia amunt i avall sense connectar mínimament amb ningú; com una tornada al món dels essers humans socials que va ser el preludi de l’arribada de les dues santcugatenques amigues de la Mar! Vaig patir com un cabrón quan, l’endemà de la casa dels pronoms perduts, vaig sortir a buscar casa per elles i per mi. Era divendres, elles arribaven l’endemà a les set del matí, i jo m’encarregava de trobar llit pels tres sense saber que un festival de música xumba-xumba havia omplert els albergs fins a la bandera. Un altre cop com a Queenstown, on vaig acabar comprant-me una tenda de campanya per no dormir al ras per culpa d’un festival de rock! Per sort, després d’hores de tombar, carregat com una mula, suat i atemorit per la imatge d’elles dues sense tenir on dormir, vaig trobar l’alberg més enonòmic de la ciutat: acabava de registrar a les pobres xiquetes al hostel més… “curiós” al que he estat mai. De portes endins, habitacions de vuit, escarbats ben alimentats, minúscula cuina compartida amb alguns personatges molt guarros, dutxa rajolinera… gairebé tant rajolinera com la enorme gotera que s’acaba de manifestar sobre el seient del costat! Vaig a canviar de lloc! Aprofitaré per dinar.

Aprofitaré per dinar… per arribar a Queanbeyan… i per començar de nou a la feina! Mira, ara que ja torno a ser a ca en Peter, us envio aquesta carta i ja tornaré a començar, que això s’està allargant massa!

una abraçada!

joan

Publicat dins de Uncategorized | 31 comentaris

dissabte, diumenge, dilluns… de març

A pico pala. Davant meu un tio està treballant, com diu una bona amiga, “a pico pala”. Des del seient 38 passadís, el noi, bé, l’home, que ja s’ha degut oblidar de quan en va fer trenta, intenta mantenir viva la conversa amb la trentanyera del 39 finestra. Que si vinc d’aquí, que si vaig allà, que si vaig veure allò. Converses d’autocar. De no ser per les rodones ulleres de pasta, de concha, petxina?, els ulls ja li haurien caigut a la falda de la soferta xicota. Els vidres són bastant prominents i li augmenten la mirada d’una manera estrambòtica. Si jo fos ella, ja faria estona que estaria acariciant l’esprai de pebre dins la bossa. Però per ara es conforma en mantenir-se aprop de la finestra i anar xerrant. En quin moment se li ha ocorregut parlar amb ell a la parada del bus? A la tele, les imatges d’unes mans sexant pollets i deixant-los caure per llargs tobogants d’alumini es combinen amb flaixos d’un metro asiàtic. Karanduru. Curiosa peli. Ja callen. Ell acomoda el cap despentinat encara del llit, amb el clatell aixafat i un remolí desorientat, i la mira. Els ulls busquen desesperats un tema de conversa. No el troba. Ella, amb el seient reclinat contra la meva pantalla, ha netejat amb la mà el vao de la finestra i es refugia a la selva que passa a 70 fregant els vidres. Provarà d’amagar-se en la son. Però no cedeix. Alguna cosa se li ha acudit i li xerra. No l’entenc, però és fàcil llegir les intencions en la manera d’aixecar les celles o com riu, massa, per alguna cosa que ella ha dit. Li toca l’aire acondicionat ara que ella es treu l’anorac. Gueishes a la pantalla, pregaries al mur, pous encesos. Viatjar sol. Moments en que aixeques les pedres buscant un amic. Moments en que desitges que assassinar fos un dret constitucional. Entrant a un revolt tancat a l’esquerra, el conductor pren el micro i ens dona la benviguda al territori sud. Per la dreta la selva s’obre deixant pas a la platja. Les versions més salvatges del que pot ser una platja les he vistes aquí. Onades sense ordre ni concert van esberlant-se contra la sorra fosca o es barallen entre elles. Són d’un marró clar, brut, i deixen a la costa pams d’escuma grisa. No m’he banyat en aquest mar; i no ho faria sense una corda lligada al canell. Cossos de totes les castes cremen per igual a les escales que baixen a les aigües del Ganghes. Però sols una casta els encèn. Curiosa peli.

Parada de trenta minuts per pixar i carregar panxes i bateries a una piscifactoria de salmons amb cafè i tenda de regalets i llibres, on ella se n’ha comprat un, i ara el fa servir a mode d’escut literari. Ell contraataca amb una arma de semblant fulla: la guia turística. Pantaló ben curt, bamba baixa, mitjons altíssims i polo; “lo puto” Wally!

Viatjar sol t’entrega a la desesperació més absurda; aquella que no té altre culpable que tu mateix; i això fa ràbia. Quan la cagues, la cagues tu. I jo sóc de cagar-la. I quan l’encertes no tens amb qui fer saltirons. A la porta 57 de l’aeroport de Sidney s’amuntegaven fa uns dies els minuts i feien una pasta densa amb el silenci de l’espera… Rere els finestrals de la terminal cap avió enganxat al final del passadís que ens ha de dur al cel, i del cel a Christchurch. I jo, sol, sense ningú amb qui maleïr el pas del temps, dilueixo la impaciència en la quietut del mutisme. Meditació involuntària, gairebé natural, naturista.

Ens acomiadem de la costa amb cinc minuts de paradeta a un mirador. Momento foto. Muntanyes que cauen al mar. Diria que s’hi llencen amb ganes.

Anglès morisc a la megafonia: Christchurch no ha tingut cap gràcia divina. Emirates, la companyia, ens procura una nit d’hotel i la promesa d’un vol a Aucklant l’endemà. Illa nord. Canvi de plans. A Christchurch, l’Henar, dins la seva closca cargolera, es recupera de l’ensurt de sentir-se Martini en coctelera, “barrejat, no remenat”, i pren el camí de la muntanya, deixant enrera una ciutat derruïda i derrotada. Les mateixes imatges saturen els canals de notícies. La mateixa noia al mateix terrat. El mateixos homes portant en braços a les mateixes dones. Les mateixes mans que tapen la mateixa boca i atrapen el mateix gemec de trencadissa. Tot és runa dins i fora la gent de Christchurch mentre sopo sol entre la resta de passatgers en un hotel de costa ja abandonat per la febrada de l’agost en gener. Quilòmetres de platja sota la pluja fina que ve i va. Habitació doble que sempre m’entristeix ocupar sol. Telèfon que sona a les quatre: tenim un vol a les vuit que s’acabarà enlairant a les dotze. La porta 57 ja és un temple de la meditació. Davant meu un home llegeix un llibre de pàgines grogues i daurades lletres àrabs sobre tapes dures cobertes de rugosa tela vermella. El seu fill es remena entre els braços de la mare, baixa i prova de caminar fins als genolls de l’home, que abaixa el llibre i li somriu. Avió immens, precioses i simpatiquíssimes aràbiques hostesses, bon menjar (el que fa la gana…) i R.E.D., entretinguda pel·lícula per matar ben morta l’estona. Auckland a deshora de la que fujo amb relocation abans no caigui el sol. En dos dies volen la furgoneta a Wellington. Jo tan sols hi poso la gasolina, la que acabo per ficar tota jo perquè la sort no m’ha aconseguit cap acompanyant amb qui compartir la carretera i el dipòsit.

L’illa sur promet ja de lluny, ja creuant les muntanyes que néixen a l’aigua, camí que serpenteja el ferry. Qui l’ha vist la diu més salvatge que la nord. A banda i banda de la carretera 1, d’Auckland a Wellington, l’excepció és la selva. La tala, el cultiu i la ramaderia han fet de l’illa nord un mapa de clapes puntejades d’ovelles i vaques. Tan sols un desert trenca el patchwork ramader, però un desert de boquilla. Aquests no han sentit a parlar dels Monegros i li diuen desert al que a casa en diriem campirri. Fins i tot un riu el creua! Està clar que tot depèn de la selva per on t’has passejat abans.

Ja fa milles nàutiques i quilòmetres que penso en una dutxa, que desitjo una dutxa, i la trobo a Nelson; dutxa llarga, aigua calenta, música calenta, veus calentes pujen del pati de l’alberg. Sud-amèrica a la que m’ajunto, sec i bec. Pescadors de tonyina embarrancats tres mesos a desmontar i montar cada peça del pesquer on passen els trenta o quaranta dies que tarden a omplir les 1.500 tones d’estómac d’aquesta béstia.

D’això fa uns dies i unes quantes coses, però la veritat, estic cansat de sentir-me. Avui estic de nou a Queenstown i demà cap al llac Tekapo. Espero que no sigui literal el tema. Intentaré escriure aviat.

una abraçada

joan

Publicat dins de Uncategorized | 17 comentaris

dilluns, 21 de febrer

hola avis! 

He començat les vacances! I com tothom sap, la millor manera de trencar amb la feina i el llevar-se d’hora és aixecar-se més aviat encara per anar a deixar la salut al bosc!

Ja fa unes setmanes vaig conèixer un noi… bé, el mozalbete ja té trenta anys, o sigui que, ja em perdonaran els que me’n porten tres per davant, que de noi sols en té l’esperit, perquè si fos home de bé, ja estaria casat i pujant una bonica i sana família. El cas és que ens vam conèixer a Goulburn, el poble on Peter té la granja, i ens vam fer amics. Vaig donar-li un cop de mà amb el terra de la cuina de ca sa mare, on viu ell, vam anar de festival de blues al poble i vam dir d’anar a les Blue Mountains el cap de setmana abans de que jo marxés a Nova Zelanda.

I així ha sigut. Dissabte pel matí vam fer les tres hores en cotxe de Goulburn fins a Wentworth Falls, on ens esperaven els dos Jacks, amics de’n James, i vam enfilar la carretera que porta a l’antic hospital de la zona, aprop dels penya segats per on haviem que baixar. Animats com la canalla, sobretot per la baixada, vam arribar fins al fons de la vall. Tot i que no feia molt de sol, la calor i la humitat ens van fer entendre perquè en James ens havia fet portar tanta aigua per dos dies. Cinc ampolles de litre i mig que carretejava jo! Però dues eren de’n James, que ell duia les dues tendes de campanya a la motxilla.

El premi per la baixada, o la preparació per la pujada, era un rierol que creuava la vall. En aquell moment jo anava últim a la filera i vaig saber que arribavem perquè veia caure motxilles i volar samarretes. Encara era entre els arbres quan els vaig sentir dir “lixis, der ar lixis!”. “Que hi ha lixis? Calla, que menjarem”, vaig pensar, però al arribar mel’s vaig trobar arromengant-se els pantalons fins els angonals i mirant-se les cames i vaig recordar que algú els hi diu lixis als polls! Així que, astorat i esmaperdut, vaig mirar-me les anques sense saber exactament què buscar. Al moment vaig entendre que lixis són leeches i que leeches són sangoneres. Quina manera de ballar la condenada, mentre s’engreixava per segons, xarrupant-me la sang! Calma. James, what the fuck!? Per sort tant sols cal un encenedor per fer-les fora, encara que m’ho vaig pensar dues vegades abans d’acostar-li la flama: d’ençà que estic aquí, allò estava sent el que més s’assemblava a una “relació carnal”! Pudé tan sols havia d’esperar una mica per trobar-li el gust. Però va saltar, i una amiga seva que s’havia apuntat a la festa a través del mitjó, també. Travessaven la bota i tot! No vaig deixar de mirar-me les cames fins a la dutxa del diumenge a la nit. Un dels Jacks no deixava de mirar-se l’eina; vulguis que no, ells es van banyar i els lixis saben nadar.

Al fliki us he penjat fotos de l’excursió. Sobre els penya-segats del fons hi ha la carretera, els pobles i el nostre cotxe; d’allà veniem i una mica més cap a l’esquerra anàvem. Les fotos estan fetes des del pic del Mount Solitary, on vam passar la nit. Al pic hi havia un llibre de visites. No erem els primer del dia, però no vaig trobar pas cap altre comentari en català, així que apa, allí queda!

La nit la vam passar al bosc; foc, fideus xinos i licor de Tasmània.

En moments com aquests, amb més de dues persones xerrant de quatre coses a la vegada i fent servir un llenguatge molt xurrutero és quan em desespero més amb l’anglès. Noto, i m’ho diuen, que em defenso més que quan vaig arribar -encara que qualsevol professor d’anglès em pegaria si em sentís parlar-, i puc xerrar amb algú i ens entenem, però les conveses grupals em saturen la neurona i, malgrat puc més o menys pillar el tema, se m’escapoleixen els detalls i se’m fa impossible fotre-hi cullerada. Així que, cosa estranya, passo moltes estones callat, tan sols escoltant. Però paciència, tot arribarà.

L’endemà vam continuar cap a Katoomba (quin nom, tota una premonició). Muntanya amunt, muntanya avall, vam anar arribant a la part més turística de la zona. Ara passen uns jubilats, ara vint-i-set xinesos, ara tres que corren… Hi ha un artefacte a mig camí entre un ascensor i el tren minero del port aventura que puja i baixa a la gent desde dalt del penya-segat fins a la boca de les mines, que van donar una raó de ser al poble abans que això de caminar pel bosc s’anomenés trekking. Està més que clar que vam pagar religiosament els 12$ per evitar-nos el que podria haver sigut la fi dels quatre pelleringues: pujar els 200 metres de camí de cabres fins dalt de tot.

El primer que vam fer al arribar va ser una bona cervesa, després un entrepà de beicon amb ous ferrats (no fos cas que perdessin, ells, la panxona) i ja farts vam agafar el tren. Els Jacks cap a Sydney. Nosaltres, al cap d’una parada, cap al cotxe. De propina, i per no pagar taxi, tot s’ha de dir, en James i jo ens vam passejar els set quilòmetres que hi han de l’estació fins a l’antic hospital, d’on haviem sortit el matí anterior.

Abans d’agafar la carretera cap a Goulburn vam parar al mirador de Les Tres Germanes, des d’on es veu tota la vall, el Mont Solitary i la magnitud de la tragèdia: allí vaig entendre perquè havia suat tant! Tot sumat no crec que féssim més de quaranta quilòmetres, però les pujades havien estat realment costerudes. Com a fotògraf de fireta que sóc no vaig fer fotos de la vista, però gràcies al google i a la patilla, aquí deixo un parell de fotos fetes per un turista més per la feina que jo: john_bentley

Vam entrar a plano per l’esquerra, no es veu, vam pujar per una punta de la muntanya del fons, vam baixar per l’altra, vam sortir de plano per la dreta, en vam tornar a entrar, en vam tornar a sortir, en vam tornar a entrar i passant per sota del fotògraf vam arribar a la parada del tren de la bruixa.

En fi, avui estic de repòs a Sidney per agafar l’avió demà cap a Nova Zelanda. Refrescar el visat i vacances. Us escriuré des d’allà.

Una abraçada molt forta!

joan

Publicat dins de Uncategorized | 4 comentaris